miércoles, 12 de diciembre de 2018

Haciendo memoria, haciendo vida. A 40 años de la regla OFS - VI Parte -




-  Piedad mariana -

Aunque los franciscanos, como lo hemos descrito en los temas anteriores, tengamos a Cristo como centro de nuestra vida espiritual, sin embargo, quizá ninguna familia religiosa haya desarrollado una teología y espiritualidad marianas tan ricas como la nuestra. Y al estar en la víspera de la fiesta de la Inmaculada, a mi pensamiento llega en seguida el Bto. Duns Scoto, el teólogo que dio el golpe de gracia teológico sobre el dogma de la Inmaculada; y luego tenemos la obra monumental “El Mariale” de san Lorenzo de Brindis, cuyo cuarto centenario de su muerte vamos a celebrar el 22 de Julio del próximo año.

Fieles a esta línea mariana, la Regla de la OFS redacta así el número 9 de la misma:         “La Virgen María, humilde sierva del Señor, siempre atenta a su palabra y a todas sus mociones, fue para San Francisco centro de indecible amor, y por él declarada Protectora y Abogada de su familia. Los Franciscanos seglares den testimonio de su ardiente amor hacia Ella por la imitación de su disponibilidad incondicional, y en la efusión de una confiada y consciente oración”.

Son varios los aspectos de la piedad mariana que nos presenta  este número y, por cierto, muy importantes.
Ante todo, nos presenta dos aspectos de la persona de la Virgen María, muy inspiradores para nosotros: es “la humilde sierva del Señor” y esa actitud le lleva a estar “atenta siempre a su palabra y a sus mociones”. Son  dos experiencias de la Virgen que las podemos ver como muy aplicables a nuestra vida.

Primero, vernos como humildes siervos del Señor. Desde el principio la Virgen María tiene clara conciencia de que es la sierva de Dios y por eso, ante el Ángel Gabriel se declara “su esclava”.

En segundo lugar, se habla de que está “siempre atenta a su palabra y a sus mociones”. Ello nos lo dice claramente ella misma, al respoder al Ángel: “que se haga en mí según su Palabra”. Aunque no tenga muy claro lo que Dios quiere de ella, confía en su gracia, en la que se manifiestan sus “mociones”; ella se va a dejar mover y guiar por las inspiraciones de Dios a donde tenga que ir: a Egipto, a Nazareth, a Judea siguiendo a Jesús, al Calvario y, sobre todo, las mociones interiores que garantizaran su fidelidad a la voluntad de Dios y a la misión de su Hijo.

Otro aspecto de esta piedad mariana franciscana es lo referente a san Francisco. Para él, la Virgen es, ante todo, “centro de indecible amor”. Por ello, toca su corazón el ver a María rodeada de ángeles, de tal manera que quiere que esa capilla de la Porciúncula sea como la cuna de la Orden. Se refiere a ella, al amor con que ella la recibe en su seno, para poner de relieve el gran misterio de amor y de humildad, que es la Eucaristía, en el que de nuevo “desciende sobre el altar” en las especies sacramentales. (Adm 1, 16-18).

Y en la antífona del Oficio de la Pasión, la invoca poniendo de relieve la singularidad de su persona, su actitud de esclava e hija del Padre celestial y la de madre del Señor Jesucristo y esposa del Espíritu Santo. En consecuencia, la declara “Protectora y Abogada” de la familia franciscana. Por ello, pone en la única antífona de ese Oficio, esta petición a María: “ruega por nosotros ante tu amado santísimo Hijo, Señor y Maestro” y, como he dicho antes, quiere que los hermanos, en todas las circunstancias importantes de su historia se reúnan a sus pies en la Porciúncula.

El tercer aspecto a considerar es cómo van a expresar y vivir los hermanos de la fraternidad franciscana seglar su piedad mariana. El centro de todo es su amor a Ella. Un amor ardiente, es decir, un amor tierno y filial, que se va a manifestar, no sólo en palabras o alabanzas, sino sobre todo en su testimonio de vida, de manera que se pueda decir “de tal madre tales hijos” porque ellos van a tener esa “disponibilidad incondicional”, que ella tuvo, para servir a Dios, a  la Iglesia y a cualquiera en necesidad.

También hay otro aspecto, no tan tomado en cuenta al hablar de la Virgen: “en la efusión de una confiada y consciente oración”. María, con una confianza desconcertante, incluso para su hijo, se acerca a él en las bodas de Caná y le dice: “Hijo, a ver qué haces, se les está acabando el vino”. Y al mismo tiempo su oración es consciente; aunque no entienda bien las cosas, como cuando se le anuncia que va a ser la madre del Mesías o como cuando ve que los pastores y Magos vienen a rendirle homenaje o cuando oye que Herodes lo quiere matar o que la gente dice que su hijo está loco. María lo guarda todo en su corazón en actitud orante y contemplativa. Y porque es consciente de lo desconcertante y misterioso de lo que le pasa a su Hijo, calla y hace oración.

Ojalá que en este tiempo en que en algunos lugares la atención a la Virgen María va desvaneciéndose, en otros se malentiende y en otros se queda en una dimensión puramente afectuosa y ocasional, la fraternidad franciscana seglar sea punto de referencia de una piedad mariana propia de cómo Francisco la vio y como la Iglesia la ve hoy en su teología: en el centro del misterio de la redención, en el centro de la vida y misión de la Iglesia, como “estrella de la evangelización”.

Hno. Jesús Ma. Bezunartea, OFMCap.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Populismos, totalitarismos y paz




Uno de los fenómenos a los que, actualmente, se le está prestando más atención es a los denominados “populismos”, relacionados con las realidades de hegemonía cultural, política y económica. Tal como ha sido estudiado por pensadores y autores de diversas corrientes. Estas cuestiones sociales y políticas, esenciales para la vida de las personas y de los pueblos, pueden ser iluminadas por la filosofía y teología, por la ética y la moral-doctrina social de la iglesia con los Papas como Francisco. 

Empecemos diciendo que, como nos indica el mismo Francisco, el término populismo es ambiguo y tiene diversas connotaciones, según los autores o las realidades donde se trate. En una conocida entrevista que le hicieron, el Papa afirma que es “una palabra equívoca porque en América Latina el populismo tiene otro significado. Allí significa el protagonismo de los pueblos, por ejemplo los movimientos populares. Se organizan entre ellos… es otra cosa”.

Y, en dicha entrevista, sigue mostrando Francisco esa ambigüedad y cara oscura del populismo, poniendo como ejemplo a Hitler y la Alemania nazi. En donde, con una situación de crisis y por buscar una supuesta identidad como pueblo-nación o patria, se acabó con la vital relación y encuentro con los otros pueblos. Aupando al totalitarismo de Hitler, perpetrando la barbarie nazi y el holocausto judío. Un ejemplo paradigmático de lo que puede ser esa versión negativa y nefasta del populismo que, desgraciadamente como nos sigue mostrando el Papa, sigue cobrando actualidad. En diversas ocasiones, Francisco nos ha alertado de esos populismos perversos. "El populismo es maligno y termina mal, como demostró el siglo pasado", dijo el Papa en otra entrevista. Y ante los políticos europeos afirmó que “no se puede limitar a gestionar la grave crisis migratoria de estos años como si fuera un problema numérico, económico o de seguridad. La solidaridad es elemento central de la vitalidad…, el antídoto más eficaz contra los populismos modernos y la falta de valores de nuestro tiempo que alimentan los extremismos”.

De esta forma, con lo anteriormente expuesto, creemos que tenemos elementos de análisis y juicio o valoración que, junto a los que nos muestra la filosofía o la teología con la iglesia y los Papas como Francisco, nos aportan claves para tratar dicha realidad del populismo. Con sus significados complejos o diversos en la relación con la realidad social, política e histórica. Ciertamente, como nos enseña lo más valioso del pensamiento social y ético, la autoridad primera y de base reside en el pueblo que mediante la democracia, se dota de responsables y mecanismos jurídicos-políticos. Lo que posibilita el gobierno de las diversas realidades como la nación o país y el estado, los pueblos y realidades internacionales… Esta es una clave de toda política y democracia real: las personas, los pueblos y los pobres de la tierra son los sujetos protagonistas y gestores de la vida humana, social, civil-pública, socioeconómica y cultural al servicio del bien común. De ahí que, en esta línea, otra clave o entraña de la política y la democracia es su base ética. Asentada en la naturaleza humana, antropológica de la persona con sus dimensiones y valores o principios morales, razonables y universales que hagan posible el bien común. Tales como la defensa de la vida y dignidad de las personas, los deberes y derechos humanos, el desarrollo humano e integral, la libertad democrática y autogestión, la solidaridad internacional y la justicia social-global en la opción liberadora por (con) los pobres de la tierra.

Una democracia, autoridad o ley y pueblo que no esté cimentado sobre esta entraña antropológica y ética, en el servicio y respeto a la persona con los valores o principios morales universales, acaba atrapado en la dominación, totalitarismo y en un populismo perverso. Así nos lo muestra la realidad histórica e indica el Papa, como sucede en la actualidad. Esta democracia real, participativa o autogestionaria y ética está fundada en estos valores o principios de la vida social, transmitidos por Francisco, tales como "la realidad está antes que la idea". Las ideas e ideologías no pueden ser lo primero, sino el hacernos cargo de la realidad, el cargar y encargarnos de la realidad. La realidad de las personas y de los pueblos, la realidad social e histórica con la opción por los pobres como clave hermenéutica. Y, de esta forma, ejercer el discernimiento de los signos de los tiempos, cuyo signo permanente y principal son los pueblos crucificados por el mal e injusticia. El principio-misericordia en la “memoria passionis” de las víctimas y oprimidos de la historia, que asume compasiva y solidariamente la realidad de sufrimiento e injusticia que padecen las personas, los pueblos y los pobres de la tierra. "El todo es mayor que la parte" es un principio esencial ya que nos muestra la universalidad, la clave católica, de la ética y del amor fraterno que sólo es auténtico si realiza este bien universal, la solidaridad internacional y la justicia mundial. Con una moral cosmopolita, una equidad global y una liberación planetaria e integral de todo mal e injusticia que domine la tierra, más allá de toda barrera y frontera.

Se acaba en el populismo insano, corporativista y egolátrico cuando se pone primero la patria, la nación e intereses nacionales por encima de esta conciencia ética universal en la solidaridad internacional, en la justicia mundial con todos los pueblos y los pobres de la tierra. Es esencia de la fe, en el Evangelio de Jesús e iglesia, esta universalidad (catolicidad) del amor fraterno, de la solidaridad y justicia que derriba todo muro, frontera y barrera, todo aquello que nos hace indiferentes o separa y excluye del resto de la familia humana; que nos libera de todo lo que impide la fraternidad universal con toda la humanidad. Este amor fraterno universal que opta por los pobres de la tierra y víctimas de la historia, a los que se les niega verdadera y realmente esta universalidad de la caridad (amor fraterno), de la solidaridad internacional y la justicia global. Ya que se les daña y viola su vida, su dignidad y derechos. Se trata del principio de "asumir el conflicto en la unidad fraterna". Adquirir conciencia moral de las dominaciones, desigualdades e injusticias que causan el egoísmo, el individualismo posesivo e insolidario con sus ídolos del poder, de la violencia y riqueza-ser rico que niegan esta comunión, fraternidad, paz y justicia universal.

Es clave respetar y acoger la diversidad de culturas, creencias, espiritualidades y religiones con una búsqueda del diálogo y encuentro intercultural e inter-religioso para la paz. La acogida y promoción de todos estos valores o virtudes de la cultura de los pueblos, de sus tradiciones como la religiosidad popular que muestran la fe y espiritualidad de las gentes más sencillas, más humildes. Es la sabiduría popular de los pobres con su existencia solidaria, los valores o virtudes de la vida y solidaridad, como nos muestran esta cultura y religiosidad popular de los pobres. Lo que realmente, en la realidad social e histórica, contrasta con la dominación e injusticia que padecen estos pueblos empobrecidos y oprimidos a manos de los poderes políticos, económicos e ideológicos. Hay que tener una conciencia crítica, ética y liberadora: ante la dependencia, dominación, desigualdad e injusticia que sufren los pueblos y los pobres a todos los niveles, ya sea cultural, político, social y económico; frente a las esclavitudes e idolatrías del poder, de la violencia y de la riqueza-ser rico que nos afectan a todos, a las personas, a los pueblos y a los mismos pobres.

La civilización del trabajo y de la pobreza, frente a la del capital y de la riqueza, son un antídoto imprescindible contra los populismos, violencias e injusticias. El principio del trabajo sobre el capital, ya que lo primero es la vida y dignidad de la persona trabajadora, el sujeto vivo del trabajo que es el ser humano con sus deberes y derechos, por encima del lucro o ganancia. Un trabajo decente con salario digno, con unas condiciones laborales humanizadoras, etc. Es una economía al servicio de las personas, de los pueblos y de los pobres, del bien común, que sirve a las necesidades y desarrollo humano liberador e integral. En contra de la idolatría del capital y de la nación, de los ídolos del mercado, del estado y la competitividad que, convertidos en falsos dioses, sacrifican en su altar del beneficio o del dominio a los pueblos y pobres. El principio y valor-virtud de la solidaridad fraterna se realiza en la pobreza solidaria y evangélica, los "pobres de (con) espíritu", con la comunión de vida, de bienes y de luchas liberadoras por la justicia con los pobres de la tierra. Lo cual nos va humanizando, realizando y dando la felicidad; frente a estos ídolos de la riqueza-ser rico, del tener, poseer y consumir, de la “buena vida” del lujo, derroche y hedonismo.

Esta civilización de la pobreza, frente a la idolátrica de la riqueza-ser rico, realiza la santidad en esta comunidad e iglesia pobre con los pobres. En el amor, la caridad, la paz y la no violencia, el perdón, la reconciliación fraterna y la justicia con los empobrecidos del mundo. Es la vida de pobreza, en justicia liberadora con los pobres, que pone el ser (fraterno y solidario), la solidaridad, por encima del tener con sus idolatrías de la posesión y de la propiedad- el propietarismo posesivo e individualista-, antes que el consumismo y productivismo. Lo que posibilita la equidad y la justicia en el valor del destino del universal de los bienes, que tiene la prioridad sobre la propiedad, la ecología integral en la vida sobria, sostenible para el cuidado del planeta y de las personas, acogiendo el clamor liberador de la tierra y de los pobres.

Todo lo expuesto hasta aquí, como nos transmite la filosofía o teología. Por ejemplo lo más valioso de la teoría crítica, el personalismo y el mismo pensamiento iberoamericano, como nos enseña la fe en Jesús e iglesia con los Papas como Francisco, podrá impedir caer en los populismos perversos, en los totalitarismos e injusticias. Tal como han dominado e impuesto en nuestra época los fascismos, el comunismo colectivista o colectivismo y el (neo-)liberalismo economicista con el capitalismo. Estos totalitarismos, elitismos e individualismos no dejan que las personas, los pueblos y los pobres sean los sujetos protagonistas de su promoción, desarrollo y procesos de liberación integral. Negando así el principio de que "el tiempo es superior al espacio", que queda borrado por las idolatrías del poder, la violencia y la riqueza-ser rico. Desde estas claves, principios y valores expuestos se hace posible un sano o adecuado populismo como afirma el Papa, entendido como una verdadera educación y cultura (promoción) popular. Una buena ética, filosofía y teología del pueblo en el desarrollo humano, solidario, universal, espiritual e integral con los pueblos, la humanidad y los pobres de la tierra como autores de su existencia. Tal como se nos revela en Jesús, es el Dios de la vida, de los pueblos y de los pobres que nos libera de toda idolatría: la del estado, patria, nación, poder, mercado, capital y riqueza-ser rico que como falsos dioses dan muerte e injusticia.

Ph. D. Agustín Ortega 

Ph. D. Agustín Ortega (España) es Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología).  Asimismo ha realizado los Estudios de Filosofía y Teología, Doctor en Humanidades y Teología. Profesor e investigador en diversas universidades e instituciones universitarias y educativas latinoamericanas. Autor de distintas publicaciones, libros y artículos.

viernes, 19 de octubre de 2018

II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua


Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).
En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.
3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal31,8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasado. Muchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [....] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.


Vaticano, 13 de junio de 2018 

Papa Francisco

Aniversario de la Regla


Haciendo memoria, haciendo vida. A 40 años de la regla OFS - V Parte -




El mes pasado comentaba la primera parte del n. 8 de la Regla, sobre la dimensión contemplativa de esta forma de vida, inspirados en Cristo, y hacía referencia también al Padre San Francisco. En el mismo número se trata un tema fundamental, al que quiero dedicar mi reflexión en este mes y que, por supuesto, es una fuente fecunda de contemplación y lo fue para san Francisco. El texto dice así:
“Participen de la vida sacramental de la Iglesia, especialmente de la Eucaristía, y asóciense a la oración litúrgica en alguna de las formas propuestas por la misma Iglesia, reviviendo así los misterios de la vida de Cristo”.

Aquí se resume la vida litúrgica del hermano franciscano, fuente de toda la vida espiritual. Por supuesto, no podía faltar el acento en la Eucaristía, que en la mente de la Iglesia es “fuente y cima de toda la vida cristiana”, según la Const. Lumen Gentium, 11.

La participación en la liturgia ha de ser según otra Constitución Conciliar “plena, consciente y activa” (SC 14); y en el n. 11 se añade “fructuosamente”. Son adjetivos que comportan actitudes muy comprometedoras y que cambiarían la imagen de muchas de nuestras comunidades eclesiales radicalmente. No faltan entre nuestros cristianos quienes todavía piensan más en el aspecto del “cumplimiento moral” que en el fruto espiritual y en la dimensión eclesial y vivencial de nuestras celebraciones litúrgicas. Y para ello, ante todo es necesaria una formación doctrinal litúrgica, que no se ofrece en muchas de nuestras parroquias y fraternidades de la OFS, pero que tampoco se echa en falta de parte de la mayoría de los que frecuentan las celebraciones de nuestras parroquias.

A fortalecer lo anterior vienen las palabras de otro documento (Instrucción General del Misal Romano) al decir que la participación de los fieles ha de ser “en cuerpo y mente, una participación ferviente de fe, esperanza y caridad" (IGMR, n. 18). ¿Necesitan explicación estas palabras? Son suficientemente claras y expresivas. Decimos después de la consagración eucarística: “Este es el misterio de nuestra fe”; pero sabemos que es también un misterio del amor inefable de Dios a la humanidad en la persona de su Hijo Jesucristo y todo ello da sentido y razón a nuestra esperanza. Por ello, la celebración de la liturgia tendrá sentido y fruto en nosotros en la medida en que crezcamos en estas tres virtudes teologales.

En segundo lugar se pide que nos unamos “a la oración litúrgica en alguna de sus formas”; es lo que llamamos Liturgia de las Horas, que en la actualidad está al alcance de todos los cristianos, ya que los libros para ello están disponibles para todos en las librerías católicas. Esta parte de la liturgia es una fuente abundante de vida espiritual; en ella encontramos las palabras adecuadas para orar, inspiración para meditar y contemplar “los misterios de la vida de Cristo”, como se dice en este texto. Los Salmos, las lecturas bíblicas, las de los santos Padres, los cánticos, constituyen una gran riqueza de la tradición eclesial que, a raíz del Concilio, la Iglesia ha querido poner a disposición de todos. ¡Qué bueno sería que las fraternidades de la OFS recibieran una iniciación a esta oración y que las fraternidades se juntarán diaria o semanalmente o con cierta frecuencia para rezar alguna de estas Horas en común!

Vuelvo a la última frase del párrafo: “reviviendo así los misterios de la vida de Cristo”. Ojalá se nos graben estas palabras, pues en estos misterios está el verdadero sentido de la Liturgia: “revivir” ante todo. No es un mero recuerdo histórico o una ocasión para conseguir gracias o aumentar la gracia santificante, como se decía en tiempos pasados, sino que es, ante todo, la celebración de los misterios salvadores de Cristo, que son nuestros, y no es lo mismo asistir a una celebración que celebrar. ¡Cuántos simplemente asisten! Pero estos misterios serán salvadores sólo y en la medida que los hagamos nuestros o, en palabras de San Pablo, en tanto en cuanto tengamos “los mismos sentimientos de Cristo” (Fil 2, 5).

Ello conlleva que en cualquier celebración litúrgica, tomemos esa parte “activa y consciente”, que se expresa de muchas formas, y que manifiesta nuestra participación comprometida. Lejos de esto está ya aquella mentalidad del pasado, pero que todavía se oye: “voy a oír Misa”, de parte de laicos o “voy a decir Misa”, de parte de clérigos sacerdotes. Y es por esa nueva mentalidad y actitud que se dice que es la asamblea creyente (iglesia) la que celebra la Eucaristía; los novios son los ministros del sacramento del matrimonio; en la Reconciliación penitente y ministro tienen una parte activa; el bautismo lo puede administrar cualquier cristiano con la fe del que lo recibe y, en general, todos los sacramentos serán tanto más eficaces cuanto más sea la participación “activa y consciente, ferviente de fe, esperanza y caridad, de cuerpo y mente” del ministro, del sujeto receptor y de la comunidad eclesial participante.

Y para concluir, en relación a este revivir los misterios, cito unas palabras de San Francisco en la Admonición  primera: “Mirad cómo se humilla cada día, lo mismo que cuando, desde el trono real, vino al seno de la Virgen; cada día viene a nosotros en humildes apariencias; cada día desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote” (16-18).

Hno. Jesús Ma. Bezunartea