miércoles, 2 de enero de 2019

MENSAJE DE SAN FRANCISCO AL SULTÁN EN EGIPTO


San Francisco se dirigió desde la Porciúncula a Egipto a encontrarse con el Sultán. Ahora el Papa Francisco, como peregrino del Perdón de Asís el 4 de agosto de 2016, sigue su camino – idealmente siguiendo las huellas del Poverello de Asís – viajando a Egipto a encontrarse, entre otros, también con los musulmanes.

El encuentro de Francisco de Asís con el Sultán al-Malik al-.Kamil en Egipto – precisamente en Damieta – ha despertado interés en los contemporáneos que lo describen con brevedad de palabras. Después de su muerte – y sobre todo de la canonización – del Asisiense se multiplicaron las amplificaciones, relecturas y actualizaciones. Entre éstas se destaca la de Enrique de Avranches que compuso la Legenda sancti Francisci versificada por encargo del papa Gregorio IX en 1232 o en 1234. En efecto, entre los 2585 hexámetros de dicha obra se destaca la narración del encuentro de san Francisco con el Sultán – tomada de la precedente Prima Vita, obra de Tomás de Celano – y en especial las palabras que Enrique de Avranches pone en boca del Santo. Como puede suponerse, el lenguaje es más un discurso de un hombre culto como el autor del poema que una breve exhortación como solía hacerla un simple alfabetizado como fray Francisco. Sin embargo esta narración resulta interesante porque muestra cómo un autor no franciscano pocos años después de la muerte y canonización imaginó las palabras que san Francisco habría dicho al Sultán rodeado de sus hombres de confianza.

A continuación la traducción de dicho trozo del bello estudio de Francisco Marzella, La prédica di Francesco al Sultano nella Legenda sancti Francisci, versificada de Enrique de Avranches (publicado en Controversie. Dispute letterarie, storiche, religiose dall’antichità al Rinascimento, Padova, 2013).

Después que la fama del santo varón, que ningún golpe logra dominar, llenó el campamento […], el rey clemente, que admiraba un valor tan grande, lo acogió con todos los honores y le ofreció dones preciosos; aquél, satisfecho de lo que posee, rechaza los dones del rey y le pide como supremo regalo, que le conceda ser escuchado. El rey, decidido a escucharlo, impone silencio a la turba y hace cesar todo el desorden. Y dijo a los siervos: “Llámenme a los filósofos, para que por su juicio quede claro si éste enseña según la fe o pretende más bien extraviar la fe”.

Por tanto, después que fueron reunidos los sabios, aquel sabio muestra con la palabra de qué fuente ha bebido la sabiduría de los filósofos y arrastra todas las mentes a las alturas celestiales, tejió discursos nunca escuchados y parece no ignorar nada, como trascendiendo el sentir humano. En efecto, silogiza cosas conocidas a pocos mortales y los orígenes de las cosas solo conocidas a Dios, para introducir, a partir de éstas, consideraciones sobre la causa primera, […] y prueba que hay un solo Dios y no existe una multitud de dioses; demuestra cómo de aquel único se deriva todo, cual fue la duración del primer principio, substancia simple, simple intervalo de un instante, substancia más simple que un punto; cuán admirablemente tal esencia está toda en todas partes y prescindiendo del lugar, siempre presente sin tiempo. Porque montó en soberbia y como aquel que un tiempo fue Lucifer es ahora “lucífero”, y qué gran precio costó la redención del mundo, por qué motivos se dio la encarnación; cómo la antigua serpiente conquistó a Eva, Eva al primer hombre, el primer hombre a la posteridad, la posteridad  Cristo, Cristo a la serpiente, forzando a la muerte a volver a aquel mismo de donde había partido; cómo no solo fue glorificada la carne, sino que también la misma carne llena de vida de Cristo, que glorifica a las demás, superando las dotes del alma, está junto y al mismo tiempo por todas partes toda presente en las diversas iglesias,  y como Cristo reúne en una sola Iglesia a todos los santos; cómo el Bautismo es un baño espiritual que purifica a las almas de la culpa del primer padre.

Mientras así enseña los artículos de la fe con elocuencia, impresiona a los sabios y al rey y ninguno se atreve a hacerle daño; así en efecto se ordena por medio de pregón del heraldo. Va y vuelve a menudo, pero porque no es capaz de convertir él solo.

ofm.org

Francisco, el santo del encuentro


Quien contempla en la iglesia superior de la Basílica de San Francisco, en Asís, los 28 famosos frescos en los que Giotto reproduce la vida del Poverello, comprueba que ninguno de ellos representa a Francisco en solitario. Siempre está rodeado de otras personas, o tiene a alguien a su lado. En el mismo eremitorio del monte Alverna, donde decide retirarse hacia el final de su vida, tiene a su lado a fray León. A las puertas de la muerte, manda que acudan en torno a su lecho todos los compañeros del lugar y celebra su despedida a la manera de Jesús: bendice un pan, lo parte y distribuye entre los presentes, bendice a todos y cada uno de ellos y manda que le canten el Cántico del hermano sol. El encuentro y la comunión, esos dos rasgos tan evidentes en las horas que precedieron a su muerte, caracterizan toda la vida de Francisco.

No tiene nada de extraño, por tanto, que los frescos en los que Giotto ha plasmado acontecimientos de la vida de Francisco, reproduzcan sobre todo encuentros: Francisco encuentra a un leproso, a un pobre, a una mujer ciega, a un rico hacendado, al papa, al sultán, etc.

Un diálogo respetuoso en medio de una guerra de religión

El encuentro con el sultán Malek Al-Kamil (1218-1223), en el año 1212, fue sin duda el más importante de todos esos encuentros. Tan llamativo fue que no sólo nos informan sobre él todas las fuentes franciscanas, sino también varios cronistas de fuera de la Orden e incluso una inscripción arábigo-musulmana. El hecho de que Francisco cruzara el mar en un barco de los cruzados y predicara al ejército cristiano, acampado ante los muros de Damieta, no fue lo más extraordinario. La fiebre de la cruzada había hecho presa en muchos, y el papa y sus aliados políticos se habían propuesto reconquistar los Santos Lugares. Lo más llamativo consistió en que el pequeño y enjuto hombrecillo de Asís lograra llegar a la presencia del sultán y pudiera predicarle —¡y regresar sano y salvo!—; de hecho los mahometanos habían puesto precio a la cabeza de los cristianos. Aquel encuentro sólo fue posible gracias a la forma, al método empleado por el misionero de Asís, un método con el que logró superar las barreras y que no es otro que el del diálogo y la renuncia a la violencia.

Y, en efecto, durante varios días el sultán y los suyos «le escucharon (a Francisco) con mucha atención la predicación de la fe en Cristo. Pero, finalmente, el sultán, temeroso de que algunos de su ejército se convirtiesen al Señor por la eficacia de las palabras del santo varón y se pasasen al ejército de los cristianos, mandó que lo devolviesen a nuestros campamentos con muestras de honor y garantías de seguridad, y al despedirse le dijo: «Ruega por mí, para que Dios se digne revelarme la ley y la fe que más le agrada.» Así describe el encuentro Jacobo de Vitry, a la sazón obispo de San Juan de Acre y presente en el campamento cristiano de Damieta (BAC 967b).

¿Una misión ineficaz?

Visto desde fuera, el éxito de este trabajoso viaje fue insignificante. Francisco no consiguió nada: ni el martirio anhelado ni la conversión del sultán, como tampoco logró la paz entre cristianos y musulmanes ni un entendimiento mediante el diálogo y la renuncia a las armas. Es como si esta ineficacia confirmara el concepto de misión de Francisco. Para Francisco, en efecto, lo importante en el encuentro con otros hombres y religiones no es el éxito visible, sino el testimonio de la propia vida. Así lo vemos claramente en su Regla de 1221, donde indica:

«Dice el Señor: He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.

»Así, pues, cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo. Y el ministro déles licencia y no se la niegue, si los ve idóneos para ser enviados; pues tendrá que dar cuenta al Señor (cf. Lc 16,2) si en esto o en otras cosas procede sin discernimiento.

»Y los hermanos que van, pueden comportarse entre ellos espiritualmente de dos modos. Uno, que no promuevan disputas y controversias, sino que se sometan a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. Otro, que, cuando les parezca que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios para que crean en Dios omnipotente, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos» (1 R 16,1-7).

Quien entra, en calidad de enviado de Jesús, en contacto con otras religiones, debe comportarse como él se comportó. Puede hallar, a pesar de su humildad y sencillez (ovejas, palomas), o precisamente debido a ellas, una dura oposición. Semejante vida misionera sólo puede llevarse a cabo «por inspiración divina», no por pura iniciativa propia. Francisco acentúa lo espiritual y subraya, igualmente, la «sumisión». Los conceptos elegidos por Francisco muestran cómo entiende él en principio la misión: ésta implica movilidad (ire, ir), sumisión a los no cristianos en medio de los cuales se vive (inter eos, entre ellos), oído fino y discernimiento para captar el Espíritu (spiritualiter, espiritualmente).*

El anuncio ocupa un segundo lugar. Y supone, una vez más, una llamada especial de Dios y la capacidad de comprender y valorar la situación concreta. El misionero no debe actuar intempestivamente. No es dueño, sino oyente de la Palabra. Debe comportarse, por tanto, también como oyente de la Palabra cuando vive entre no cristianos. Tiene que comprender las distintas situaciones y ver cuál es la voluntad de Dios. Sólo debe predicar cuando vea que esto le «agrada al Señor».

Principios básicos para el diálogo

Del comportamiento y de la Regla de san Francisco se deducen los siguientes principios básicos para el encuentro y el diálogo con otras religiones:

1. Tomar la iniciativa. Francisco no espera que el sultán vaya a su encuentro. Es él quien va al encuentro del sultán. Se sabe enviado.

2. Ser uno mismo. El diálogo es un encuentro entre dos personas. Francisco va al encuentro del sultán en calidad de cristiano. A los hermanos que van a misiones les exige que «se sometan» a los demás, pero también les exige que «se confiesen cristianos».

3. Confiar en el otro. A pesar de todas las advertencias en contra, Francisco atraviesa la línea de la muerte. Confía en Dios y, por tanto, confía en que los hombres tendrán una actitud abierta si uno se comporta con ellos con esa misma actitud de apertura.

4. Arriesgarse. Francisco se arriesga en cuerpo y alma al peligro de la muerte. No tiene nada que perder. Por eso gana: la amistad del sultán y un regreso con garantías de seguridad. Quien se entrega, se arriesga.

5. Renunciar a las armas y a la autodefensa. En la renuncia a la violencia y en la actitud pacífica está la alternativa a la cruzada. El diálogo no puede triunfar bajo la presión militar o psicológica.

6. Compartir la vida de los hombres. No querer estar por encima de ellos, sino vivir entre ellos y con ellos, compartiendo sus mismas condiciones de vida.

7. Someterse a los demás. Los hermanos no deben querer estar al mismo nivel que los demás, sino buscar siempre, en la medida de lo posible, una situación inferior.

8. Predicar más con la vida que con las palabras. Lo que más le impresionó al sultán no fue la palabra arrebatadora de Francisco (que tal vez ni siquiera entendía), sino su actitud resuelta, libre en relación con las cosas terrenas y pobre. En el encuentro entre religiones, en el que con frecuencia las palabras hieren más que apaciguan, lo principal es el ejemplo de la propia vida, la hospitalidad y acogida, el amor desinteresado.

9. Comprender más que querer ser comprendido. Con su disposición a escuchar, Francisco aprendió incluso de los musulmanes. Quiso introducir en Occidente su costumbre de postrarse a orar, a la llamada del muecín, pero no encontró ningún eco. El auténtico diálogo no es unilateral, conduce a la conversión recíproca y al mutuo enriquecimiento espiritual.

10. Beber en las fuentes más profundas. Francisco fue hasta el sultán movido «por inspiración divina», y el sultán le pidió: «Ruega por mí, para que Dios se digne revelarme la ley y la fe que más le agrada.» La relación con Dios preserva del autoensalzamiento y del endurecimiento. Quien desea el diálogo, lo busca siempre y en primer lugar con Dios. Ora.

LEONHARD LEHMANN, OFMCap

* El autor trata más ampliamente el tema en su artículo Rasgos esenciales del concepto franciscano de misión según 1 R 16, en Selecciones de Franciscanismo n. 45 (1986) 428-444.

Franziskus - der Heilige der Begegnung, en Wort und Antwort, Zeitschrift für Fragen des Glaubens. Dialog der Religionen, año 32, núm. 3 (1991) 139-140.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXI, n. 62 (1992) 239-242]

Cuando san Francisco de Asís se reunió con el sultán egipcio



El viaje del papa Francisco a Egipto, del 28 al 29 de abril de 2017 y, en especial, su visita al imam Al-Azhar, evocan a un lejano precedente: el encuentro de san Francisco de Asís con el sultán Malik al-Kamil, en 1219. Aunque, históricamente, todos los detalles del relato no están comprobados, siguen siendo discutidos casi ocho siglos más tarde.

En 1219, la guerra causaba estragos entre los Cruzados y el Islam. Dos siglos más tarde, la tumba de Cristo sería reducida a polvo por las tropas del sultán. En la llanura egipcia de Damieta, en el delta del Nilo, los dos ejércitos se hacen frente.

El sultán Al-Kamil ha emitido un decreto que promete una gran recompensa en oro a cualquiera que traiga la cabeza de un cristiano. Por su lado, los Cruzados, comandados por Pelagio Galvani, intentan tomar el puerto de Damieta con la intención de conquistar Egipto.

Dos intentos previos de predicar el Evangelio
En estas circunstancias, san Francisco decide, en compañía del hermano Iluminado, ir a predicar el Evangelio en territorio musulmán. En un segundo intento, ya que “il Poverello d’Assisi” ya había intentado dar a conocer a Cristo en Tierra Santa, sin éxito.

El único relato detallado sobre este episodio del que disponen los historiadores está firmado por san Buenaventura. Es un escrito posterior al acontecimiento, de más de un siglo más tarde, y sobre todo pretende ensalzar la gloriosa epopeya del santo fundador de la orden franciscana.

Francisco, tras ser capturado por los sarracenos al tratar de franquear sus líneas, según cuenta san Bonaventura, pide una audiencia con el sultán y se la conceden.

Considerada un fracaso
El sobrino de Saladino le recibe con gran cortesía, según describe el cronista, pero esta visita es considerada un fracaso, ya que el santo no ha conseguido convencer al sultán de la validez de la religión cristiana. Ni tampoco obtuvo la palma del martirio.

Durante siete siglos, el episodio permanece relativamente fuera de los registros de los hagiógrafos de san Francisco. Incluso a pesar de que las fioretti de san Francisco informaran de que, al final, el sultán le habría murmurado: “Hermano Francisco, yo me convertiría de buena gana a la fe de Cristo, pero temo hacerlo ahora, porque, si éstos llegaran a saberlo, me matarían a mí y te matarían a ti con todos tus compañeros”.

Un detalle olvidado 
El padre Gwenolé Jeusset, franciscano, participó el 19 de septiembre de 2016 en Asís durante el encuentro “Sed de Paz: religiones y culturas en diálogo”. Recordando el mencionado episodio, este antiguo responsable de la Comisión franciscana para las relaciones con los musulmanes y miembro de la Comisión vaticana con el mismo propósito, añadió un detalle prácticamente olvidado hasta el siglo XX.

Se trata de la meditación que san Francisco mismo extrajo de su experiencia. “Los hermanos  que viven entre musulmanes y otros no cristianos -escribe el santo de Asís- pueden contemplar su función espiritual de dos maneras: o bien no hacer ni censuras ni disputas, ser sumisos a toda criatura humana a causa de Dios y confesar simplemente que son cristianos; o bien, si ven que esta es la voluntad de Dios, anunciar la Palabra de Dios con el fin de que los no cristianos crean en Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de todas las cosas, y en su Hijo Redentor y Salvador, que se hagan bautizar y se conviertan en cristianos”.

La sonrisa de san Francisco
Por otro lado, Albert Jacquard escribe en La preocupación por los pobres (editorial Herder, 1996) que “el sultán no olvidó la sonrisa de Francisco, su dulzura en la expresión de una fe sin límite. Quizás este recuerdo fuera decisivo cuando decidió, diez años más tarde, cuando ninguna fuerza le obligaba, entregar Jerusalén a los cristianos”.

De modo que para “aquello que los ejércitos venidos de Europa no habían podido conseguir”, prosigue Jacquard, “(…) sin duda la mirada clara de Francisco había seguido haciendo su lento trabajo en la conciencia de este hombre abierto al pensamiento de los otros”.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Mensaje de felicitación navideña del Ministro General OFS



Circ. N. 40/14-20 
Roma, 24 diciembre 2018 Prot. N. 3121 


¡Mis queridos hermanos y hermanas en San Francisco! 

¡Que el buen Señor les dé su paz! 

"Llegó el día, día de alegría, de exultación”(1) 


Sí, el día de alegría llegó y es hora de regocijarse y dar gracias. Dios ha venido a quedarse entre nosotros, Dios dijo "sí" al hombre. Este 'sí' ha llegado casi desapercibido, de una manera increíble, ocultando estas cosas a los sabios e inteligentes... y ... revelándoselas a los pequeños.(2) Y sí, vemos esto en San Francisco y también podemos verlo hoy: que el misterio de la Navidad está oculto a los sabios y es revelado a los pequeños. 

Las grandes cosas nacen en el silencio. Mientras vivimos esta temporada de Adviento esperando la venida del Señor y celebramos en Navidad la venida de nuestro Señor Jesucristo al mundo, a menudo experimentamos el ruido y el murmullo del mundo, tan lejanos del silencio del establo de Belén. Solo unas pocas personas supieron lo que había sucedido durante esos días y, por tanto, disfrutaron del gran acto de Dios: ¡había llegado la plenitud de los tiempos (3)!

También hoy tenemos que vivir la Navidad con esta experiencia: estamos viviendo en la plenitud de los tiempos. Cristo ha venido y se ha quedado entre nosotros. No es fácil vivir este gran regalo y hoy, de nuevo, parece que solo unas pocas personas saben qué es realmente este regalo, qué celebramos. A veces, incluso nosotros mismos lo olvidamos, absorbidos por el ritmo apresurado de nuestra vida, esmerándonos para preparar todo para la fiesta, para preparar las cosas con las que deseamos significar nuestro amor los unos a los otros. Nos olvidamos del silencio de Belén, que es esencial para poder celebrar la encarnación de la Palabra de Dios. 

El silencio de Belén se opone frontalmente al mundo estridente: ¡rebeliones, disturbios, reclamaciones, guerras, luchas en todas las áreas de nuestras sociedades e incluso en la Iglesia! Tenemos grandes preocupaciones sobre lo que está sucediendo a nuestro alrededor y ello acapara nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra energía. 

¡Pero este es el momento de la exultación! Por lo tanto, le doy gracias al Señor, nuestro Dios, por todo el bien que nos dio durante este año y los invito a todos ustedes a vivir este momento de exultación con plena conciencia de la presencia de Dios entre nosotros. Los invito a todos ustedes a renovar la decisión de vivir la plenitud de nuestra vocación y a luchar con más fuerza e intensidad por vivir el tipo de santidad a la que Dios nos ha invitado. 

Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales (4) . 

En Navidad, esta llamada a la santidad es más fuerte. Más fuerte, no porque Dios nos hable con más fuerza, sino porque vamos a tener un tiempo con más momentos de silencio. Estamos más dispuestos a descubrir el milagro de Dios y a contemplarlo en silencio. Los animo con las palabras de Thomas Merton, quien murió hace 50 años, pero cuya enseñanza aún es una fuerte invitación para nosotros: 
“Tiene que haber un momento del día en que el hombre que hace planes olvide sus planes y actúe como si no tuviera plan alguno. Tiene que haber un momento del día en que el hombre que tiene que hablar haga silencio completo, deje de dar forma a teorías en su mente y se pregunte a sí mismo: ¿Acaso tienen algún sentido? Tiene que haber un momento en que el hombre de oración acuda a orar como si fuera la primera vez en su vida que lo hace; en que el hombre de propósitos los deje de lado, como si todos ellos hubieran sido incumplidos, y aprenda una sabiduría diferente: distinguir el sol de la luna, las estrellas de la oscuridad, el mar del árido desierto, y el cielo nocturno de la silueta de una montaña”(5). 

Este es el tipo de silencio que nos permite celebrar la Navidad en la profundidad de su significado y sentido. Dios dijo un 'sí' a todos los hombres y mujeres, y este 'sí' es incondicional. María dijo "sí" a Dios, y su "sí" es incondicional. Repetir este 'sí', incondicionalmente, es una buena estrategia para avanzar en el camino hacia la santidad. 

Decir “sí” a Dios: no solo con nuestras oraciones, sino también con nuestras acciones. Decir “sí” a Dios también significa buscar su voluntad, hacer su voluntad. Y sí, esto también dará nueva vida a nuestras fraternidades. 

Diciéndome un “sí”: aceptarme como un don de Dios al mundo, a mi familia, a mis seres queridos y sí, incluso a mí mismo. La vida es el don de Dios y tenemos que decir "sí" a nuestra vida. Tenemos que aceptarla con alegría junto con toda nuestra debilidad, fragilidad, dificultades, porque le pertenece a Dios. Es precisamente la Navidad la que nos muestra el valor inconmensurable de la vida, independientemente de las circunstancias externas. Y sí, esto también dará nueva vida a nuestras fraternidades. 

Decir "sí" al prójimo: mirarlo como un regalo de Dios. Mi prójimo es alguien a quien Dios ha enviado para ayudarme en mi camino hacia la santidad. Todo lo que debo hacer por él, diciéndole "sí" incondicionalmente, me ayudará a la santidad. Los invito a amar y trabajar por los pobres, los marginados, los abandonados, los huérfanos, las viudas de nuestros tiempos, que están al borde de la sociedad, o incluso más allá. Necesitamos a todos los que nadie más necesita. Y sí, esto también dará nueva vida a nuestras fraternidades. 

Para nosotros, hermanos y hermanas franciscanos seglares, esta celebración silenciosa de la Navidad significa la plenitud de los tiempos, el momento de la exultación. Siempre tenemos que buscar lo que es prioritario, y el silencio siempre ha sido lo primero. El mundo fue creado en silencio. Cristo llegó en silencio. Además, San Francisco se encontró con Dios primero en silencio, en la prisión, en la Iglesia de San Damián, en la naturaleza, en la soledad. 

Celebremos esta fiesta y tiempo de Navidad con esta exultación, nacida del silencio y en oración. Seamos conscientes que la plenitud de los tiempos ha llegado. Acerquémonos más a Dios, a nuestro prójimo y, por lo tanto, también a nosotros mismos. Busquemos ser santos con mayor determinación y pongamos al Verbo de Dios encarnado en el centro de nuestras fraternidades, local, regional, nacional e incluso internacional, con mayor determinación. Compartamos la experiencia de Santa Ángela de Foligno: La Encarnación nos ha otorgado dos cosas. La primera es que nos ha llenado de amor. La segunda es que nos da la certeza de nuestra salvación (6). 

Yo doy gracias a Dios cada vez que los recuerdo. Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes, pensando en la colaboración que prestaron a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora. Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús. Y es justo que tenga estos sentimientos hacia todos ustedes, porque los llevo en mi corazón (7) . 

Os deseo a todos una bendecida y santa Navidad, para que podáis experimentar el silencio de Dios, en el que sucedió lo más grandioso: la Palabra de Dios se ha hecho carne y mora entre nosotros. 

Vuestro hermano y ministro, 

Tibor Kauser 
CIOFS Ministro General 


1 1Cel 85. 
2 Mt 11,25. 
3 Gal 4,4. 
4 Gaudete et exultate 14. 
5 T. MERTON, Los hombres no son islas. 
6 12ª carta de Sta. Angela de Foligno. 
7 Filip.1.3-7 

sábado, 22 de diciembre de 2018

Carta Felicitación Navideña del Presidente de la COFRAMEX



Cd. de México, a 22 de diciembre de 2018.

 Queridas hermanas y queridos hermanos:

Para felicitarnos en Navidad como hermanos de San Francisco, debemos de mirar lo acontecido en Greccio.  Francisco, el loquillo de Belén, quiso ver prácticamente representado el Misterio, teniendo él mismo la predicación con palabras dulcísimas. Además tuvo palabras sorprendentes ante sus hermanos de esta “fiesta de las fiestas”, por ser el inicio de nuestra salvación. En Greccio se dio la sublime contemplación del Misterio Encarnado.

Bien pensado, para un hermano o hermana de san Francisco, la Navidad es, por encima de todo, un tiempo de contemplación espiritual, urgida de gozo espiritual. Este sería el aspecto más saliente o el carisma, si queremos decir, de nuestras celebraciones navideñas. Una sugerencia muy real para celebrar y felicitarnos.

La Navidad puede remitirnos a san Francisco, desde el corazón de su oración, en cuanto es alcanzable. Nuestro Padre y hermanos nos han dejado el Oficio de la pasión, extendiendo el misterio pascual de Cristo, doliente y resucitado, a todas las épocas del año. Espigando aquí y allá versos de los salmos construye su propio Salmo de Navidad, que es salmo de pasión y salmo de nochebuena:

Porque el santísimo Padre del cielo, Rey nuestro antes de los siglos envió a su amado Hijo de lo alto, y nació de la bienaventurada Virgen santa María.
Él me invocó: Tú eres mi Padre; y yo lo constituiré mi primogénito, excelso sobre los reyes de la tierra.
En aquel día envió el Señor su misericordia, y de noche su cántico.
Éste es el día que hizo el Señor,  exultemos y alegrémonos en él.
Porque un santísimo niño amado se nos ha dado, y nació por nosotros de camino y fue puesto en un pesebre, porque no tenía lugar en la posada.
Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos.
(OfP XV, 3-7. 13.)

¿Qué siente san Francisco? Alegría desbordante, que es exultación, adoración y alabanza, y, al final, él mismo nos invita a ofrendar nuestros cuerpos en la ofrenda de Jesús al Padre, para compartir el Misterio, y experimentar gustosamente que la Navidad es salvación para la nosotros y salvación para todo el mundo. Hagámoslo así, abriendo el corazón al gran Misterio de la Encarnación, experimentando el gozo que nos lleva a la adoración.

Vayamos al texto de san Francisco y alabemos al Niño en Belén.
Hermanos y Hermanas, con el rostro iluminado: ¡Santa y feliz Navidad!
Reciban mi cordial saludo con un abrazo de paz y bien en el Señor

El Señor les bendiga y les guarde…
Fraternalmente

Fr. Néstor Wer, OFMCap
PRESIDENTE COFRAMEX